Esto sí es una elegía (y que me perdone Silvio)

Por Ricardo Camarena

Si el latinismo indica fama volat, ahora por internet las noticias surfean. Pero el teléfono siempre tendrá, como en los mejores filmes, el indispensable carácter trágico para las noticias tristes, sin restarle emoción alguna, para preservar el privilegio no electrónico de la conmoción.

 

Me ha llamado recientemente a mi cotidiano Toronto mi amiga y promotora cultural Violeta Pineda, desde mi adorado Los Ángeles, para darme llorosa una noticia proveniente de mi amado y odiado Distrito Federal. Una noticia más triste que una vidala, que un yaraví, que una endecha, que un bolero de ausencia: la ausencia física (sí, sólo física) del bolerista y bohemio, trovador deveras, chilango modelo 1955, Marcial Alejando.

 

Corro a la laptop, indago –es decir, “googleo”- y tras el click del neologismo y el resultado de la búsqueda Results 1 - 10 of about 612,000 for marcial alejandro. (0.19 seconds) hallo, repetido como suelen ser los errores humanos, un pésimo encabezado: “Ha muerto el famoso compositor Marcial Alejandro”.

 

Como periodista y como literato (he sido ambos, para bien y mal) yo lo encabezaría así: “Ha vivido el famoso compositor Marcial Alejandro”. En efecto, ha vivido 53 años, poco más de medio siglo. Es decir, el tiempo apenas necesario para demostrar la convicción artistica de que protesta y amor pueden ir de la mano por medio de la canción, para trovarnos que bohemia madura y foro estudiantil pueden relacionarse en escandaloso escarceo y que las canciones de Marcial Alejandro pisarán las notas nuevamente de lo que fue la trova enamorada, Milanesanamente aliterando.

 

La fallida nota, que no fatídica, prosigue indicando que Marcial “falleció a los 53 años de edad a consecuencia de una complicación renal”. Lo erróneo del dictamen forense es, evidentemente, que Marcial tenía, mejor dicho, una complicación vital. No hay bohemia que dure 100 años ni trovero que la resista. Ya otro trovador y bohemio mexicano, que pisó -como muchos de nosotros músicos- algunos de los mismos escenarios que Marcial, José Antonio Nachón, se ha ido a trovar a otra parte lejos (sólo físicamente), el 3 de Julio de 2006. Hay complicaciones que no hacen ruido y es más grande su pesar.

 

Prosigue la nota interneta: “El triunfador del Festival OTI Internacional 1985 en Sevilla, España (¿hay otra?), cuyo tema El fandango aquí fuera interpretado entonces por Eugenia León, dejó de existir a las 16:00 horas, informó la Sociedad de Autores y Compositores de Música, a través de la oficina de prensa, misma que precisó que está siendo velado en una funeraria de la calle de Sullivan”.

 

Sí. La misma non sancta calle de Sullivan, la de la colonia San Rafael (pero no Mendoza, conste), adonde algunos capitalinos suelen buscar la sustitución (¿dije prostitución?) emocional de sus amorosos efluvios con muchachas (y no tanto) que llevan a diario el fandango aquí y el fandango por allá (depende de la distancia al hotel).

 

Respecto de ese memorable Festival OTI (“festivaloti”, parodiaría con su clásica irreverencia otro participante musical, Jaime López) recuerdo haber visto a Marcial por televisión, como millones más, con el premio en mano, al lado de Eugenia. Y también lo recuerdo declarando al poco tiempo que deseaba arrojar la presea a la fosa común de las víctimas de los temblores de septiembre de 1985 en México. Homenaje peculiar que generó su respectiva polémica, desde luego.

 

La nota prosigue indicando que “la complicación renal le aquejaba y de manera súbita le arrebató la vida”. Mejor dicho, tan sólo le arrebató su voz y su presencia, pero su ausencia se mitiga con el eco de las canciones que grabó y que tarareamos los aún presentes.

 

Desde luego, debe deslindarse que estas mismas canciones las han tarareado con mayor suerte y profesionalismo “Margie Bermejo, Eugenia León, Maru Enríquez, Tania Libertad, Betsy Pecanins, Amparo Ochoa, Dos Mujeres, así como la intérprete japonesa Nobuyo Yagi cantando en español, los argentinos Litto Nebbia y Litto Vitale, y la dominicana Sonia Silvestre, entre otros”, citando la nota luctuosa que agrega que a Marcial le sobreviven, además de su viuda Clarisa, sus dos hijos: Luz y Marcial, de 32 años.

 

Bien. Olvidemos la nota, pero no la musical.

 

Esto sí es una elegía (y que me perdone Silvio). Por sobre cualquier información “googleable” de dominio público, pondré énfasis en mi contacto personal con la vida y obra de Marcial Alejandro. Lo mismo que se hace con las canciones bohemias y las mujeres públicas: cuesta trabajo obtenerlas de corazón, pero al lograrlo se vuelven por un rato intimistas, cercanas, nos devuelven un pedazo de olvido, y no son exhaustivamente documentales ni testimoniales, sino que gozan del privilegio de la espontaneidad.

 

Desde luego que Marcial hizo historia en el Canto Nuevo, pero su historia musical personal comenzó en 1973, cuando ingresó a la Escuela Nacional de Música, y en 1975 ya era contrabajista en el grupo base del chileno Ángel Parra, el hijo de la poeta cantora Violeta Parra.

 

Marcial fundó el grupo La Nopalera y participó como compositor e intérprete en sus cuatro discos. Antes de hacerse solista en 1977, la primera vez que vi a Marcial Alejandro fue en 1976, una tarde en el foro de una iglesia de Tlalpan, detrás de los velatorios del ISSSTE. Lo hallé guitarra en mano y coplas en la garganta, detrás de un virtuoso Arturo Cipriano y una muy guapa Maru Enríquez, junto con otros músicos, cantando con una convicción furiosa y juvenil

 

“Carajo, ya no estoy para cerrar siempre la boca/
carajo, ya no estoy pa’ no exigir lo que me toca”.

 

Nuestro grupo Contrarrespuesta había sido abridor de la velada de Canto Nuevo, pero el plato fuerte, el Fandango Mayor, fueron Ciprianopa con su hameliniana flauta transversa, Marcial, Maru y otros Nopaleros con su versión al Huapango de Moncayo.
Acotación al margen: desde entonces, personalmente decidí evolucionar mi incipiente virtuosismo con la quena andina hacia una flauta profesional. Y mi amigo flautista César Salero me conseguió, creo que transada, mi primera transversa Wurlitzer ¡sin la llave de Do! Para hacer segundas flautas en nuestro Grupo Contraste.

 

Por cierto, César también se expropió ciertos discos de culto (y de oculto) de la Librería Gandhi de Taxqueña (¿quién que no fuera genuinamente cecehachero del Sur no le robó al incipiente emporio de Mauricio Achar libros o, peor aún, discototes LP, en los tiempos en los que el CD era ciencia-ficción de las cintas futuristas?): el inventario misteriosamente ausente de los libreros gandhinistas fueron los discos 33 1/3 de La Nopalera (los de la disquera NCL, de Julio Solórzano), los dos del grupo On´Tá, de Amparo Ochoa (intérprete de Marcial y otros), el de Sesiones con Emilia, con Roberto González, Jaime López y Emilia Almazán, el estupendo y único, jazzístico, del Méndez Trio (adoro el corte Alegrías).

 

Pero en especial, el juvenil hurto me puso en contacto con un disco independiente, donde Marcial Alejandro y un talentoso colectivo musical que medio recuerdo: Gerardo Bátiz, Arturo Cipriano, Cecilia Engelhart (?), Cecilia Toussaint, y creo que sus hermanos Fernando o Eugenio, etc. De esa producción aún tarareo un alegre son, San Sebastián, y un tema instrumental de Gerardo Bátiz con steel drums que serviría mucho tiempo como entrada para programas de Radio Educación.

 

Se trata de esa misma estación en AM donde laboraba desde 1979 Marcial, y de cuyas ondas hertzianas grabé alguna casera noche, no bohemia, tres muestras de canto de Marcial. La primera, de la “trovación” (adaptación trovera) de Marcial a los versos de El gavilán que Juan Rulfo cita en alguno de sus textos:

 

“Ay, cómo me duele el anca/
Ay, cómo me aprieta el cincho/
(ya se me olvida la letra…
ayúdame, amigo trovero Esteban León,
tú la cantas también….)
A ver si de un golpe me hincho/
Que habiendo tanta potranca/
Sólo por la mía relincho…”.

 

Lo lamentable es que ese acto de cándida piratería musical fue castigado en la tercera melodía con el término de la cinta del cassette (ahora reliquia en los tiempos de cólera del iPod) que sólo registró los primeros versos y acordes de Para decirte

 

“Para decirte de nosotros dos/
Lo dejo todo a la guitarra…” (¡scratch, click!)

 

Con vergüenza reconozco que creo que ya puedo pagar actualmente 99 centavos de dólar por escucharla completa en www.mtracks.com:
http://www.mtraks.com/artist/marcial_alejandro/release/21699-marcial_alejandro

 

Retornando a la preexistencia de la memoria, recuerdo que a fines de los setentas y hasta mediados de los años ochenta mi contacto con Marcial -más casual que frecuente o de amistad, la neta- se dio en la Liga Independiente de Músicos y Artistas Revolucionarios; una especie de wannabe CTM, pero de músicos izquierdosos y no tanto, en algunos conciertos a nombre de cualquier consigna, huelga o mítin estudiantil, y en palomazos solidarios por allí y por allá. Lo registran artículos y notas al respect, como ésta: “En 1982 grabó su primer disco solista, titulado El corrido, donde musicalizó dos textos del poeta Renato Leduc. En 1983 grabó su primer material homónimo de larga duración, publicado en 1984 por Ediciones Pentagrama”.
Años después, en alguna tarde presurosa vi pasar a Marcial manejando su Renault 5, color verde bandera, frente al Monumento a Obregón, en mi barrio de San Angel, con Maru Enríquez como copilota. Sabía y oía que Marcial proseguía su labor en Radio Educación, pero el contacto ya sólo era por medio de los acetatos siempre experimentales de 33 1/3 que, como mencioné, Marcial grabó con músicos y técnicos de apellidos curiosos.

 

Y pasaron más años, en verdad. Es decir, que me perdí en vivo sus interpretaciones como creador de los temas Nunca, Que me lleve la tristeza, Ya déjalo así, Sabe a ti, 47 segundos y Así son mis amigos. Con mi peregrinar entre Los Ángeles, Ciudad de México, Montreal y Toronto, me perdí la parte medular y final de su trayectoria, inventariada por los medios así:

 

“Su tema Morir en el golfo fue nominado al premio Ariel por mejor música original para una película. En 1993 publicó su segundo disco: Aquí estoy, también en Pentagrama.

 

En 1994 realizó una gira por Argentina, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, como invitado del compositor cubano Silvio Rodríguez. Se presentó en las ciudades de Rosario Neuquen y Santa Rosa (La Pampa), además de actuar en Colonia, Uruguay y Santiago de Chile.

 

En abril de 2004 lanzó al mercado su tercer álbum: Sin cruz, editado por Discos Espiral y fue llamado por Alfonso Arau para actuar en su película Zapata en el papel de trovador”.

 

La última vez que lo vi fue junto con mi Musa Permanente, Norma, en 2006, cuando acudimos emocionados a un antro entre peñero y bohemio de la colonia Roma, a invitación de mi amigo trovador Esteban León, quien entonces se hallaba de visita en México desde L.A.

 

Violeta y Esteban, pareja de amigos radicados allá, habían tenido un contacto mayor con Marcial como entusiastas promotores de la bohemia, llevando su voz y canto, junto con la de Rafael Mendoza y David Haro, a escenarios bohemios angelinos.

 

Fue una noche agradable, en la que tuve un emotivo encuentro con ese otro buen amigo trovador, Rafa Mendoza, tras décadas de no vernos. A pesar de esa alegría, me apercibí de que Marcial tenía la mirada apagada, misma que en el foro se cerraba aun más para poder abrir su voz, para armonizarla pluscuam con los tonos altos de la voz de Rafael.

 

En la tarima romana, como bacanal acústico, las voces de ambos se seducían y abrazaban, cortesanas, se separaban clásicamente bolerísticas, pero algo exóticas: por un lado la voz peculiar y trovera de Marcial y por otro la voz de Rafa con fuerte deuda a los acentos del bossanova. Noche pródiga en trago y trova.

 

Sin embargo, ya sin guitarra y sin micrófono, Marcial reflejaba en la penumbra y en el rostro un dolor más profundo que el del padecimiento renal que de seguro ya le aquejaba: “con el resto, lo demás…y el pasajero al destino” (Capitán).

 

Ahora desde Toronto, sin poder verlo más, pero sí oírlo a placer, sólo queda tararear a Marcial, como canta él mismo en Capitán, en mi viejo cassette rotulado a mano,

 

“M.Alejandro-rolas”
“Hey, Capitán, desde sin verlo lo escucho/
Desmejorando el ambiente/
Con su nave colosal…”.

 

Descanse en paz Marcial Alejandro. Y que sus trovas entonces se den a la tarea incansable y seductora de hacerlo vivir entre nosotros.

 

 

 

 

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