Elenísima de todas las Poniatowskas
(La Reina de Chimalistac)
Por Esteban León
Su voz que por lo usual contesta de prisa y con firmeza dice: Haber recuérdeme ¿sobre que asunto?, a de Los Ángeles. Les invito una merienda en mi casa, ¿a las ocho esta bien?. . .
La tarde pardeaba en su nostalgia cuando tomamos el auto con las indicaciones que ella nos había dado hacia Chimalistac (donde se talla la piedra de sacrificios). Que según los cronistas es donde se labro la piedra del sol o calendario azteca. Chimalistac esta situado entre Coyoacan y San Ángel (otros dos pueblos), aun se puede andar por sus calles empedradas y adoquines y admirar sus casonas antiguas. La ciudad devoradora de almas, se ha desparramado entre espejos y aluminios alrededor de estos pueblos. La gran ciudad tiene pueblo en sus entrañas. Aun recuerdo aquellos tranvías amarillos que agarraban rumbo hacia los pueblos de Tlalpan, San Ángel y Coyoacan.
El taxi entro por fin a la calle empedrada y se detuvo afuera de la preciosa iglesia de Chimalistac. -Este es el numero, aquí es-. Tocamos el timbre y después de un momento abrió la puerta una señora, que al tiempo que nos hacia entrar nos explicaba que la maestra aun no llegaba. Entramos y nos dijo que esperáramos en la sala, le pregunte de donde era ella, -de Oaxaca- contesto. Subió la escalera y desapareció. Tuvimos tiempo para observar a nuestro alrededor. . .
Una ventana enorme, muchas masetitas con violetas, los cojines de la sala con gatos bordados, pinturas, una fotografía de ella peinada y vestida como Frida, altísimos libreros, libros de todos tamaños, de todos colores, libros por dondequiera. . . Después de un rato se escucho la puerta de la calle que se abría y dejaba escuchar su voz cruzando el pequeño jardín. . . Irrumpía, perdón por el retraso, es que vengo de visitar a José Luís Cuevas que esta enfermo y dice que se va a morir. . .Pero no es la primera vez que se enferma y que dice que se va a morir. Me regalo estos dulces de limón, ¿quieren uno? Siéntense, ya vamos a merendar.
Nos pregunto como nos gustaba la vida en Los Ángeles, desde hace cuantos años andábamos por acá, que era exactamente lo que hacíamos, y hasta porque habíamos pensado en ella para venir a dar una conferencia.
Nos escucho con mucha atención y después de un rato nos empezó a nombrar a varios personajes de la cultura literaria de este lado de la frontera que bien podrían estar con nosotros, y a otros muy duchos en conseguir patrocinios.
-¿Pero lo que ustedes hacen es más musical no?- Le explicamos que era precisamente ella la elegida por capricho y necesidad para construir ahora un puente entre poetas, escritores y gente de las letras con nosotros. Los de este lado, los que nos fuimos, los que vivimos del recuerdo y la nostalgia, los desarraigados.
Al ver que no aflojábamos en nuestro propósito, pronto se llego la hora de la merienda, y nos invito a pasar a la cocina donde la mesa ya estaba dispuesta con tamales (de dos clases) y chocolate caliente. Merendamos con ella.
Seguíamos contemplando todo a nuestro alrededor, como si buscáramos algún secreto en una casa encantada. Al terminar tan regia tamaliza y ya de nuevo instalados en la sala, hablamos de Juan Rulfo, Emilio Ebergenyi y Marcial Alejandro, de este ultimo le recite los versos de su canción “Nuestros Veneros”. La noche transcurrió esperando quizá un silbido que antecediera a un clamor: -las doce y todo sereno- . Agradecidos anunciábamos la despedida.
Telefoneo para que del sitio de taxis nos mandaran un auto y cuando el chofer timbro en el zaguán, nos retirábamos prometiendo seguir en contacto, seguidos por ella hasta la empedrada. La maestra le reprocho al taxista el haberse metido a su calle en sentido contrario, a lo cual el se disculpo. Después de perder su imagen entre la oscuridad de la noche, el conductor nos lanzo la pregunta. . .
-Perdonen mi ignorancia, yo se que ella es alguien importante-, ¿quién es?
Es la maestra Elena Poniatowska, escritora, periodista, una gloria de las letras mexicanas.
-Al que si conozco bien es al que era su vecino, ahora vive en otra colonia pero todavía nos llama para transportarlo, el es don Gabriel García Márquez-. Es esa casa, junto a la de la señora, aun es de él, pero ahora allí vive su hijo.
El taxi llego por fin a nuestro destino y momentos antes de poner la cabeza en la almohada recordé que Elenita es y significa muchas cosas para mi país y para las letras hispánicas. Es una verdadera princesa, que digo princesa, es toda una reina, pero por elección muy personal una reina del pueblo, de nuestro pueblo. Nunca había sonado tan bien este título. Fuimos huéspedes invitados Violeta y yo por la reina de Chimalistac, la princesa roja, Lilus. Es Elenísima, es Poniatowska y es Amor.
