Murió Marcial Alejandro
Por Rafael Mendoza
Dice Galeano que el dolor se dice callando, pero no sólo es dolor la muerte de los queridos. Cuando se muere un amigo, junto al dolor inconsolable, bulle la vida. La vida que, por ese amigo, adquirió sentido y color. Y el amigo ido es, entonces, recuerdo, referencia, alimento, estímulo, enseñanza, alegría y risa; a veces mucha risa.
Hay poco que decir de la obra de Marcial Alejandro. No por otra cosa, sino porque es innecesario. ¿A qué nombrar la originalidad, la precisión y la solvencia de su palabra? ¿Para qué intentar explicar la audacia de sus recursos armónicos o, más aún, lo sorpresivo de sus giros melódicos? Esa obra habla por sí misma. Él lo sabía. Siempre lo supo. En medio de tanto ruido sus canciones serán siempre un homenaje a lo sustancial, a lo resistente, a lo humano, a lo bello.
Marcial daba la vida por una canción y su proyecto fue siempre la próxima obra. Escribió con la guitarra en la mano y tuvo, siempre, un trato extremadamente respetuoso con su instrumento.
Fue generoso; hasta casi el absurdo. Era incapaz de pasar por alto el estado de ánimo de quien estaba a su lado y siempre supo cómo conjurar malestares, animadversiones, enconos y malos entendido si lo creía necesario. Pero también supo decir las verdades ásperas que creía urgentes. Tuvo la rudeza de un luchador y la ternura de un jardinero.
Fue la palabra el recurso a través del cual conoció, disfrutó y entendió el mundo y la vida. Con la palabra conjuró dioses y demonios para entender y hacernos entender la sustancia de existir.
Supo reír de todo, especialmente de sí mismo. Supo ser trágico cuando era menester y en medio de tal faena podía soltar la más profunda y filosa carcajada. Cultivó la amistad como nadie que yo conozca y encontró un equilibrio asombroso entre la arrogancia y la humildad.
Marcial nos lo dijo todo, o casi todo, pero a fin de cuentas, nos dijo lo necesario, lo esencial. Pero, como dijo él, poeta…Pa’ qué más profundidad.
